17 d’ag. 2017

Roberto Zucco en las Ramblas de Barcelona

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Pienso en Roberto Zucco cada vez que se produce un "atentado terrorista" como el de hoy, día 17 de agosto, en las Ramblas de Barcelona. Pienso en Zucco (Italia, 1962-1988) y me acuerdo de Mohamed Merah, quizás el pionero de un cierto tipo de acciones en un país europeo. Pero el caso Zucco todavía me parece el paradigma a tener en cuenta.

Sobre Roberto Zucco hay mucha documentación y además una gran obra de teatro de Bernard Marie Koltès, que tuvo una buena adaptación al cine. El veneciano Zucco mató a su padre y a su madre (como el Pierre Rivière que nos contó Michel Foucault) y luego se embarcó en una carrera enloquecida de asesinatos en serie, en una huída por las carreteras del norte de Italia y después por Francia. Cuando le detuvieron, y una vez ingresado en prisión, proclamó que su periplo asesino obedecía a una militancia anarquista por la rama nihilista. Esa actitud, su filiación explicada a posteriori, obtuvo mucha predicación entre los grupos nihilistas de Europa, y creo que de ahí rescató Koltès el asunto para su estremecedora y genial dramaturgia.

Muchos años más tarde, en 2012, apareció un hombre que se llamaba Mohamed Merah en la prensa, que quizás algunos recuerdan. Merah terminó acribillado por la policía francesa, y muerto definitvamente por un tiro en la cabeza. Antes de eso se lió a tiros por la región de Midi-Pyrénées, cerca de su natal Toulouse. Merah coleccionaba un largo historial de pequeños delitos de hurto y de robo.

En el capítulo final de su vida, Merah protagonizó una serie de actos en Francia muy parecidos a lo que luego hemos visto y que han sido asociados al perfil del "lobo solitario" de filiación islámica violenta. El uso del coche, el desafío suicida, la exhibición de la locura, el desprecio por la vida -tanto la propia como la ajena-. La mayoría de los "atentados terroristas" (las comillas son muy deliberadas) tienen poco de eso y mucho de ataque de rabia desatada, locura ultraviolenta. Y ese tipo de arrebatos tienen mucho que ver con la salud mental y muy poco con el "terrorismo", que implica un cierto nivel de militancia y de sometimiento a una organización, elementos que no se pueden rastrear en esos casos que tanto nos afectan hoy.

La prensa francesa encontró en la biografía póstuma de Merah pruebas irrefutables de una "radicalización islámica", un concepto que hoy nos empieza a parecer algo así como un leitmotiv de la prensa y de los órganos de información policiales. Eso es posible, por supuesto: quién escribe no se pretende experto en terrorismo, tal como si se pretenden infinidad de tertulianos.

Pero yo siempre pienso en Zucco -y luego en Merah-, porque intuyo que hay algo de ellos en cada atentado con coches y furgonetas de los que nos afligen (y nos matan) en las ciudades mediáticas de Europa. Dicho de otro modo: no se puede hablar de esos hechos sin tener en cuenta la psicopatología social. Hay algo muy enfermo en nuestra sociedad, y esa enfermedad puede estallar a través de personas psicológicamente débiles, con historial biográfico terriblemente desgraciado.

No me gusta usar toda la artillería cuando hay muertos en una calle de mi ciudad, pero uno tampoco puede soslayar ciertos fenómenos: los miles de muertos en el Mediterráneo cuando intentan llegar a Europa, el pésimo futuro que se les ofrece a los inmigrantes africanos (incluso en su segunda y tercera generación), la nula capacidad de acogida de unas sociedades europeas golpeadas por la pobreza derivada de la crisis financiera, el clima agresivo y xenófobo que crece en nuestra cultura. Vivimos en un mundo cuya hostilidad crece: solo hay que ver lo que pasa en Virginia o las propuestas que exhiben los nacionalismos en auge. ¿Qué equilibrio mental y qué aprecio por la convivencia se puede esperar en los más débiles de un mundo con  las algaradas de Trump o el desprecio arrogante por el diálogo de funcionarios tan oscuros y mediocres como Puigdemont?

Nadie tiene la fórmula para volver a la cordura. Yo tampoco. Des de mi ignorancia casi infinita, diría que deberíamos buscar otros lenguajes y valorar el diálogo por encima de cualquier opción. Sin despreciar el respeto por las leyes de nuestras democracias, se debería promover un espacio de acogida y de escucha atenta del otro, del distinto. Aceptar que estamos enfermos como colectivo. El desequilibrio provoca la muerte. Hoy han sido los paseantes de la Rambla, ya sean turistas o autóctonos. Mañana puedo ser yo. ¿De veras queremos un mundo de fractura y de muerte?

16 d’ag. 2017

Un señor de Sabadell y un mandala


Hay en Sabadell un señor que ostenta (ostenta, sí, más que lleva) un apellido cuyo significado es el del más alto jerarca de un monasterio.

Este señor de Sabadell, alto dignatario de dos o más entidades que velan por la salvación de la lengua y la patria catalanas, se hace llamar "historiador local". Eso me gusta. El "historiador local" es una figura de tono entrañable porqué incluye la humildad: el historiador local es la persona que recoge los hechos de la microhistoria, sin la cual muchos fenómenos de la gran historia no se entienden. Su trabajo es oscuro, aplicado, silencioso, a menudo poco valorado. No le llevan a los grandes eventos de los historiadores de la Universidad y debe luchar contra viento y marea para que su ayuntamiento o una cuestación popular le permitan publicar sus estudios.

Este señor acaba de redactar un informe (encargado por una concejal -republicana, dice ella-) en el que recomienda eliminar algunos nombres del callejero de Sabadell. Los nombres que se deben eliminar, según el señor de Sabadell, son muchos. Destacan los del poeta Antonio Machado, Mariano José de Larra, el general Riego. Ya puestos, también Quevedo, Góngora. Todos ellos deben ser barridos por su escoba provista de lupa. La acusación es tremenda: se trata de individuos españolistas que odiaban a Cataluña. En su informe, el señor de Sabadell incluye agudas reflexiones historicistas y afirma que la presencia de esos autores en el nomenclátor de Sabadell demuestran que Cataluña es una colonia de España.

El informe del señor de Sabadell ha levantado más carcajadas que iras, como es normal entre la gente normal. Reconozco que yo, a menudo, también recurro a la carcajada ante la cosa patriota catalana. En otras ocasiones me deprimo o me asusto, pero la carcajada también me asoma. El otro día uno decía que, ante la demanda de nuevos nombres de calle para rellenar a los caídos, podríamos recurrir a los Pujol (padre, madre superiora y sus siete vástagos suman nueve y así, con poco esfuerzo, ya tenemos casi una decena de calles renombradas en el estricto censo de la catalanidad más pura).

El informe del señor de Sabadell aparece pocos días más tarde del cartel de la CUP en que una señora barre a los indeseables de Cataluña y los hecha al mar. Hay algo naïf y al mismo tiempo bravucón en los dos hechos. Pero también hay algo agresivo y violento, algo feo agazapado detrás del imaginario nacionalista.

Antonio Machado escribió: "Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón". Menos mal que don Antonio reposa en su tumba del exilio, en Colliure, donde su corazón se heló para siempre. Porqué, si su corazón palpitase todavía, se lo helaría de nuevo el informe del señor de Sabadell que se ha erigido en representante de una de las dos Españas -aunque el piense que su España no lo es porqué su patria chica es una colonia colonizada.

Llegará un día en que otros historiadores estudiarán el rebrote nacionalista catalán de estos últimos años, y yo me atrevo a sugerirles, a esos historiadores futuros, que se dejen asesorar por algún psiquiatra lacaniano, que les vendrá bien. ¿Porqué el nacionalismo favorece, abona y permite florecer lo peor de cada casa?

Ante ese despliegue de informes y carteles en que se pretende echar al mar y borrar de las calles a los que no cumplen con un patrón de catalanidad suficiente, yo me he puesto a hacer mandalas en lo alto de una montaña. Dicen que hay que predicar con el ejemplo. Hacer mandalas es de avestruz y de cobarde, ya lo se, hacer mandalas es proclamar la cobardía, igual que lo es decirse pacifista. Es incluso ridículo hacer mandalas cuando hay escobas gigantes que se agitan como banderas estrelladas en el horizonte y en los balcones, escobas como espadas.

Por más mediocre y cobarde que sea construir mandalas enmedio de la barbarie, creo que no está mal tomar esa actitud. El mundo es de todos, al fin y al cabo: de Antonio Machado y del señor de Sabadell, y no queda otra que convivir. O, en caso contrario, ver quién echa primero al mar a quién, lo cual no me parece muy civilizado. Si, en el mundo también debemos estar los cobardes que construímos mandalas en el monte y de paso le digo al poeta Machado: como yo soy nacido en Cataluña -como el señor de Sabadell- te pido disculpas en nombre de los nacidos en Cataluña. Que sepa, don Antonio, que yo amo su poesía y que he venido a rendirle homenaje ante su tumba de Colliure varias veces, ante la que leí, en voz alta, el poema de su infancia en un patio de Sevilla.

14 d’ag. 2017

Pujol según Casavella


"El día del Watusi" es de esa clase de novelas imposible de reseñar. Novela río, con torrentes, embalses, afluentes, delta incluído. Se podría reseñar, sin embargo, a partir de una idea de Borges: me imagino una reseña tan extensa como el propio libro, una reseña de 900 páginas para comentar una novela de 900 páginas, como el mapa del mundo a escala 1:1 que se sugiere en "Funes, el memorioso".

Otra forma oportuna de hablar de "El día del Watusi" es no hablar, y dejarla hablar a ella. El otro día inicié un comentario, y hoy decido transportar una página hasta aquí, dejar que hable Casavella. Es una página escrita en 2002, debo prevenir de eso.

[Solo me permito un comentario breve: a día de hoy, escucho a catalanes que se ríen de Donald Trump, el empresario metido a presidente, el hombre desbocado y gran patriota, el megalómano narcisista. Esos catalanes se olvidan del reinado de Jordi Pujol, que duró 30 años y cuya sombra tenebrosa y pútrida todavía se pasea por nuestras calles. Pujol también era un empresario (un banquero) metido a político, también megalómano y narcisista y también gran patriota -de ese país de fantasía que se gestó en su delirio.]


Página 525, en la edición de Anagrama de 2016:

Alzaron la cabeza al unísono, dieron media vuelta y se felicitaron en cuanto llegó "un Mercedes tan bonito como el nuestro", por usar la jerga de Villa Considerable, y del automóvil se apeó un señor pequeño que daba consejos sin parar a un corro faldero que le perseguía y jaleaba cada una de sus intrincadas frases. El señor pequeño parecía un autómata con la velocidad exagerada por algún error mecánico. Esa aceleración gestual se hacía evidente en el rostro, minado por la excesiva diligencia de los músculos faciales. Un chófer, en tono más compasivo que satírico, dio con el parecido cierto de aquel rostro y un balón de reglamento desinflado. El señor bajito se vio en la necesidad de hablarle al mayordomo octogenario. Cerró los ojos un instante, los párpados contritos por el peso de sus obligaciones trascendentes, de sus visiones, para abrirlos enseguida con una mirada partícipe de una voluntad retórica con suficiente confianza en sí misma para rendir a lo que se pusiera por delante, fuera cual fuera su rango, daba lo mismo un alto dignatario que una pared que el mayordomo:
-Yo, creerme que hay que pagar, no me lo he creído nunca, amigo criado. Debo insistirle, no obstante, no obstante, que Cataluña no puede permitir un trato semejante en tan dolorosas circunstancias, circunstancias difíciles para todos, como ya anuncié en su día, hoy. Y sepa usted, le insisto, insisto en este punto que me parece de importancia para Cataluña, que a Cataluña le insulta el trato despectivo, secular, milenario, cósmico, infinito, que usted inflige a Cataluña. Dígale a quien corresponda que Cataluña se distingue no sólo por su sensatez, si no también por su empuje, su rabia, su coraje. Cataluña. Y dígale también que si Cataluña ha venido hoy aquí  ha sido por respeto y porque yo dirijo y no dirijo Banca Catalana y Cataluña. En la sombra y al sol, pero ante todo en la sombra, eso es verdad, hasta que los catalanes digan "Cataluña, Cataluña". Con astucia, Cataluña. Pero con buen juicio, Cataluña. Por eso ha venido Cataluña, aquí, no por amistad ni por compartir las ideas de ese hombre, que pese a haber nacido en Cataluña, y vivir en Cataluña con los beneficios del dinero de Cataluña, no amaba a Cataluña. ¿Me ha entendido?
El mayordomo huía hacia la mansión, una ruina modernista, aullando "¡Cataluña, Cataluña...!". Los mastines se revolcaban en el césped y ladraban "¡Cataluña, Cataluña...!". Libre la entrada, la comitiva del señor pequeño y persuasivo se fue aproximando al cementerio a buen paso bajo la sombra de los olmos y de la nube fonética "Cataluña, Cataluña, Cataluña...", y al cabo de un solo segundo reapareció entre los rieles del punto de fuga, el volumen de la conversación en aumento. "Cataluña, Cataluña, Cataluña". La comitiva subió al Mercedes y, cuando estaba a punto de arrancar, el señor bajito creyó necesario decirles a los guardias civiles "Cataluña, Cataluña, Cataluña...". Adiós, polvo de la cuneta.  

8 d’ag. 2017

Revolución, el concepto

Resultat d'imatges de revolucion

Por lo que nos cuentan, en estos momentos hay dos revoluciones de ricos (de pijos, lo llaman algunos) en marcha. Una está en Venezuela y la otra en Cataluña. Incluso leo a uno que, henchido de patriotismo, celebra que la catalana haya sido anterior a la venezolana. Las patrias son así: siempre ganadoras, siempre pioneras en algo.

La revolución de los ricos liberales de Venezuela es una revolución en toda regla: con tiros, muertos, fuego en las calles, palizas, bloqueos internacionales, detenidos, etc. Allí hay incluso ricos que se juegan el pellejo, aunque como suele pasar prefieren que salgan los pringados a la calle, a batirse en su nombre.

Lo de Cataluña es otro asunto. Como cualquier fenómeno en versión catalana, nuestra revolución solo lo es un poquito. Una miqueta de revolució, però no molta. El carácter catalán, ese tret diferencial que junto a la sardana y la butifarra amb seques demuestra que somos una nación milenaria prefiere la mesura y siempre tiene en cuenta el asunto de la caja. La caja registradora y la cuenta en La Caixa. Hay que hacer la revolución, si, pero también hay que comer y con las cosas del comer y las del patrimonio no se juega.

Es por eso que en uno de los sectores más revolucionarios y aguerridos de la revolución catalana, esos chicos y chicas de la CUP, hay quien decide alquilar su apartamento en la costa a través de Airbnb. A 750 euros la semana, a ver si pica algún turista. No creo que el chaval de Premià al que le han pillado sea el único.

Lo de Premià (tanto monta el de Mar como el de Dalt) va a pasar a los anales de la historia de Cataluña, aparecerá cerca de Pilós, el Guifré, porqué Pilós empieza por P, como Premià y como Pujol, que tiene una casa por allá y creo que sus raíces familiares están por allá. Florenci, el abuelo de la deixa, creo que vivía en Premià. En el caso de Pujol, padre inspirador de la revolución de los ricos catalanes, la pequeñez de lo catalán se cuestiona. Porque si bien Pujol es de estatura pequeña no se le puede despreciar: el semental arremetió duro y es padre de siete pujolets (cinco pujolets y dos pujoletes).

Las gestas militares catalanas también suelen ser pequeñas, como entrañables, con algo de ruido y pocas nueces (y el ruido debe cesar a las 10 de la noche, para poder descansar y acudir mañana despiertos y alegres al trabajo). Al ejército de Napoleón lo detuvo un niño con su timbalet, él solito. Sus mayores estaban ocupados atendiendo a los clientes en el colmado familiar, que no cerró ni en caso de invasión francesa y además la invasión enemiga es una ocasión inmejorable para esquilmar al cliente y subirle los precios por las nubes.

La revolución de los catalanes ricos nació con el divertido eslógan de "la revolución de las sonrisas" y va camino de ser la revolución de las carcajadas. El otro día los currantes del aeropuerto de Barcelona se pusieron de huelga y se armaron unas colas tremendas en los vestíbulos de El Prat. A los voluntariosos comandos de jubilados de la ANC no se les ocurrió nada mejor que ir a sulfurar a los turistas atrapados en este país (¡vaya país en el que quedarte atrapado!) y a repartirles unas octavillas que piden el voto para el Sí (¿a los turistas?) y en donde se cuenta que la culpa de las colas es de España, porqué en la República catalana casi inminente des de hace 5 años no habrá colas. Eso si es una propuesta revolucionaria.

Dice un señor de la ANC, esa organización, que las urnas están guardadas en una embajada extranjera. Como en Barcelona no hay embajadas, uno no sabe qué pensar. Igual se refería a un consulado. Y muy probablemente se refería a un consulado honorario, que no es exactamente un consulado sino el piso de un cónsul honorario. El cónsul honorario suele ser un empresario con mucho dinero y con buenos contactos en el país que consuela, y con el que tiene montado bonitos negocios. De modo que... ¿hay 8000 urnas en un piso de Barcelona? Igual en vez de urnas son urnitas, que es más catalán. Igual, vete a saber, Echenique sabía de lo que hablaba cuando habló de "poner cajitas".

Nos quedan algo menos de sesenta diítas antes de la fechita del referendumito, toménselo con calma y buenos alimentos, pongan sus dineritos a buen recaudo y prepárense a ver la revolucioncita de los catalanes ricos. En directo por Tv3.

5 d’ag. 2017

El Watusi en 2017


La prosa de Francisco Casavella inspira e incluso ilumina. Pero no se puede imitar. Hay algo indefinible (o demasiado definible) que hace de Casavella uno de los grandes autores catalanes, y de "El día del Watusi" una de las mejores novelas sobre Barcelona. Déjense de plazas de Diamante y otras monsergas ñoñas. Si yo escribiese las guías turísticas de esta ciudad, incluiría "El día del Watusi" incluso a pesar de sus largas y magníficas casi 900 páginas.

Dice Javier Pérez Andújar en su aportación promocional de la contracubierta (edición de Anagrama de enero de 2016):
Lo que hace Casavella en su literatura heroica es desvelar un secreto, contar una Barcelona a la que se le ha negado toda existencia.
Pocas veces he leído una frase promocional con tanto sentido. Lo de Pérez Andújar es otro caso de iluminación, pero será para otro día. Con solo comentar la frase del escritor de San Adrián podría llenar tres o cuatro folios sobre literatura en Cataluña, sobre la historia ocultada de Barcelona, sobre el conflicto entre autóctonos y emigrantes y sobre como ese conflicto se traslada a la literatura.

Así, si Pérez Andújar muestra el conflicto en "Paseos con mi madre", Casavella lo deja en el fondo y lo invoca solo a veces, entre bromas, porqué la gravedad del asunto es demasiado grande, demasiado trágica. Es casi incomprensible que jamás hayan hablado de eso los escritores catalanes que escriben en catalán (y cada vez peor, quizás porqué soslayan la materia literaria más urgente que tenemos aquí). Eso también es otro asunto. Un día de esos. Quizás me espero a que se os pase la hinchazón del nervio nacionalista. Si es que se os pasa. Veremos si es más larga mi paciencia o mi vida.

En el primer capítulo del segundo libro, "Viento y joyas", Casavella abre la sección con una descripción magistral del barrio adonde han ido el protagonista (Fernando Atienza Picazo) y su madre, Flora. Una portería, un semisótano en donde la humedad juega a la geografía en las paredes podridas. Y describe así el barrio, en un párrafo de antología de las letras españolas. Y catalanas:
Aún no era septiembre y y habíamos ocupado la portería en la que iba a trabajar mi madre, un sótano próximo al gran templo que bautiza el barrio donde impone su sombra. Toda la ciudad, y no sólo las familias de comerciantes y empleados a los que ella iba a servir, comulgaba con un exagerado afecto por la quimera arquitectónica. Eran incesantes las cuestaciones populares para que el delirio creciera aún más. "¡Ya tenemos cinco torres! ¡Ya tenemos seis!", exclamaba la población con entusiasmo. Los domingos, gente preparada se cogía de la mano y, en cenefa circular, daba saltos frente al pórtico, mientras sonaban agudos instrumentos de viento y las palomas echaban a volar, disgustadas con el alboroto. El proyecto inacabado, un ejemplo de megalomanía transferido a un colectivo lleno de complejos, ganaba cada tanto en horror, y parecía alimentarse como un vampiro de la esencia de los edificios que le rodeaban: fábricas con tejado a dos aguas medio hundido, portalones modernistas que se me antojaban un misterio y apenas guardaban descampados, viviendas de inicios de siglo con fachadas del mismo gris mediocre.
Ahí está, en pocas líneas, la Barcelona de la que sí se puede hablar: la Sagrada Familia, la sardana y el sonido estridente de la cobla, la ciudad decadente y ese gris que es el de las fachadas y de la clase media catalana. Casavella se irá despachando con todos: clase media y clase alta, y esos catalanistas que han pasado de franquistas a demócratas convencidos, y que hoy son separatistas de toda la vida. Todo eso es el fondo, y cuando ese fondo asciende a la superficie del relato lo hace en tono cómico y a menudo sarcástico, esperpéntico. Quizás esa sea la mejor forma de abordar esa parte de la tragedia catalana que no sale en los libros.

Me dicen que hay un librera de Barcelona que se tatuó una W de Watusi en su piel. Y ahora, leyendo por fin la novela de Casavella no solo la entiendo. A mi me han venido ganas de comprarme un bote de espray (pintura negra) y estampar la W al lado de las coloristas pintadas de los secesionistas y de los partidarios de no se qué referéndum. Ya lo dice Casavella: el eslógan de aquél antiguo referéndum nos llegaba a través de una cancioncilla muy pegadiza: "Habla pueblo, habla". Al protagonista de "El día del Watusi", ese eslógan le sonaba a una invitación a la delación. Pues eso.

La lectura de "El día del Watusi" me divierte y me emociona, me entristece, a veces me deja aturdido y como fatigado. En otras, siento que podría permanecer leyendo hasta que salga el sol para caer rendido entonces, como en las antiguas noches de sexo que ya casi no recuerdo. Hay muy pocas novelas capaces de hacer todo eso. Y mientras uno lee también piensa en todas las preguntas que se van abriendo en la mente, la mayoría de las cuales o bien tienen respuestas demasiado obvias o bien nos cuestionan sobre una maldad antigua que no admite respuestas. Y también sobre la vida. Pienso mucho sobre la triste Cataluña y me pregunto a qué viene soslayar a Casavella (para hablar de mediocridades como la nombrada antes). En este triste país que ahora ha iniciado el aparato argumentativo para salvar a Pujol se manda al olvido a los autores que no podían haber salvado como país.

Y los lectores de Casavella nos sentimos como sombras que corretean por las calles, de noche, extraviados y estúpidos, supervivientes escasos de una masacre que jamás se escribirá en la historia. ¿Quién era el Watusi? ¿Era una encarnación del dios Dioniso?.




1 d’ag. 2017

En los desiertos, andar


Este desierto es pequeñito. Parece hecho a la medida humana, de modo que uno piensa que si es capaz de andar en línea recta podría salir de él en pocas horas.

Sin embargo, contiene la esencia del desierto. No hay caminos. O puede que todo el desierto sea un camino, solo que no se sabe hacia qué parte, hacia adonde. El desierto es engañoso: no es todo monotonía y esconde sorpresas. Como la vieja cabaña abandonada. ¿Se refugiaba aquí un pastor, cuando había pastores? ¿Hubo pastores? ¿Cuando desapareció el último pastor?

En el desierto también se ocultan esas lagunas pequeñas, hundidas, con aguas verdes y cangrejos rojos. Hay centenares de ellos rotos y devorados, en la ribera. Hay aves que les cazan y se calzan un banquete de cangrejos. Sin embargo, ahora no pasa nada.

Uno puede caminar y pensar en el silencio, porqué le han dicho que silencio y desierto son palabras que van de la mano, pero no es cierto. No se trata ta solo del zumbido, ocasional e inoportuno de los grandes coches extranjeros que zumban por las pistas señaladas. Se trata de lo otro. Ese rumor de fondo.

Hace algunos años me dignosticaron un acúfono. Eso significa que, en el oído izquierdo siempre escucho un pitido lejano, como si alguien, en un piso del bloque de enfrente tuviese un aparato eléctrico encendido, una radio sintonizada en el espacio vacío entre dos emisoras. Con el tiempo he aprendido a vivir con mi pitido. A veces ya ni lo percibo aunque se que siempre está ahí. ¡Para lo que hay que oir...! me dijeron una vez.

Este desierto de altas formaciones puntiagudas y de oscuras grietas es el resultado de una violencia casi inconcebible. De tierras que se hundieron, de mares que se desplazaron, de enormes fuerzas tectónicas cuya energía no podemos imaginar. Nosotros también salimos de una violencia gigantesca y atroz. En este país más o menos en paz en donde nos preocupamos de que los hombres no de despatarren demasiado en el asiento del metro, vivimos más o menos en una paz que procede de mucha violencia. Nos preceden un sinfín de guerras y de crímenes horrendos. Mis cuatro abuelos, por ejemplo, tuvieron que emigrar de sus pueblos de origen por distintas razones, pero el denominador común es el hambre. Hay hombres que condenan a otros hombres al hambre, y eso es otro tipo de violencia, sin brusquedades ni despilfarros bélicos, sin bombas y sin puñales ni banderas ni proclamas solemnes ni desfiles. La violencia del hambre tiene unos perdedores que enferman y mueren y unos ganadores, que escriben libros de historia. Los primeros piden pan, los segundos exigen urnas y leyes que les legitimen.

La garza real se alza ahora de entre los juncos de la laguna de las aguas verdes. Es un pájaro elegante, que se eleva como si lo vieses a cámara lenta y con una banda sonora de violoncelos. Es un ave soberbia, bellísima. Es ella la que destroza, cruel, a esos cangrejos rojos y suelta sus cuerpos mutilados en la ribera. Esa ave existe gracias a la mortaldad de otra especie, mucho más humilde, esos crustáceos asustadizos que nadan para atrás y se esconden entre las algas.

Mi abuela paterna llegó a Barcelona procedente de un pueblo mucho más al sur. Cuando ya tenía 90 años y la cabeza se le iba por un laberinto de recuerdos que bajaban como aludes, contó que su pueblo, de cabañas como las de "Cañas y barro" era tan pobre que la gente cazaba las ratas. Eso pasaba hace poco más de un siglo.

Siempre se sintió extranjera en Barcelona. Eso de hacer sentir extranjero al emigrante que huye del hambre también es una forma de violencia. En este caso, es la violencia de la que yo surjo. Yo, que ahora ando, ocioso, por el desierto.