20 de febr. 2018

El rosa de tus mejillas (cuento de amor para el día de San Valentín)

Resultat d'imatges de perceval

Un día aparecieron, ante Rafael, tres gotas de sangre que, al mezclarse con el esperma eyaculado en la masturbación matutina, se pusieron rosas, rosas con aquel rosado de salud jovial que tenían las mejillas de Magdalena. Magdalena cuando tenía veinte años, que es cuando se inauguraron de novios. Rafael contempló el color rosa y lo primero que pensó fue eso, que ese color era como el rosa de las mejillas de Magdalena, cuarenta años atrás. Y al cabo de un rato, por fin, cayó en la cuenta.

Las tres gotas de sangre eran, sin duda, los primeros compases de la sonata que iba a cerrar la sinfonía. (¿La vida de un trabajador español puede ser comparada a una sinfonía?). La canción de las tres gotas de sangre es la canción del cáncer de próstata. O de algo parecido. O de algo peor. La escena sucedió un miércoles a media mañana, en un mes de noviembre demasiado cálido. Ella estaba en el trabajo y él, ocioso y ya jubilado, en casa, decidió masturbarse solo para comprobar que su capacidad de amor todavía estaba en pie a pesar de todo. Se acordó entonces del principio, de la obertura, allegro (ma non troppo). Rafael fue un jovencito audaz y muy vigoroso. Tanto que, a los quince años, salpicó con sangre las sábanas a consecuencia del ímpetu que ponía en el empeño onanista: se infligió un desgarro en el frenillo que tardó semanas en curarse. Por la impaciencia.

El noviazgo con Magdalena le trajo sosiego. Fue un buen amor. Hablaban, se escuchaban. Se casaron. Sin embargo, no le fue fiel. Las amantes de Rafael, esparcidas a lo largo de los años, le reprocharon muchas cosas, pero jamás el ímpetu amatorio.

Con el paso del tiempo, las aventuras disminuyeron y al fin desaparecieron en medio de una niebla blanca, amnésica. Ese cambio no obedeció a la llegada del tormento de la culpa, si no a que su solvencia copulatoria era cada vez menor. Así que Rafael aprendió a retirarse a tiempo, con discreción, en el momento preciso, evitando la cópula que debía culminar la nueva conquista . Cuando sabía que la mujer estaba dispuesta al ofrecimiento, él se esfumaba sin más, en silencio, y se fundía en la noche de la ciudad, se iba a dar tumbos por las calles, con sus neones rosados y azules, sus calles recién barridas con chorros de agua y detergente por las brigadas de la limpieza. Le bastaba con saber que seguía dominando la artesanía de la seducción.

Las erecciones eran cada vez más infrecuentes y más laboriosa su consecución, hasta que eso le resultó demasiado humillante. Odió los caprichos de su pene, esa tendencia del miembro viril a una emancipación burlona, inaceptable: a veces le abandonaba la virtud ante el cuerpo desnudo de la nueva conquista -estando ella ya desparramada ante él- y, sin embargo, en la madrugada siguiente, se levantaba solo en el hotel pero con una erección enorme y dolorosa, que debía mitigar con el agua fría de la ducha mientras recreaba en su mente la imagen de la princesa peruana momificada que había visto en un reportaje de National Geographic, y que era lo más horrible que había visto jamás, lo que mejor puede descoyuntar el ánimo libidinoso.

Llegado a esta época bochornosa, ya solo la paciencia de Magdalena le daba sentido a la práctica del amor.

Antes de los treinta, había escrito que la vida ideal consiste en leer y hacer el amor. Y nada más. Cuantas más novelas, mejor, y cuantas más mujeres, mejor. Las dos aspiraciones producen ansiedad y frustración. Eso lo sabe ahora pero no lo sabía entonces. Y también sabe algo más: que esos ideales provocan una gran percepción del vacío. A los doce años, una noche, contemplando el cielo estrellado del verano, en el balcón de un edificio ruinoso del valle de Bielsa, se dio cuenta de que no hay nada más terrorífico que ese vacío gélido que algunos poetas estúpidos loan, la negrura en donde brillan estrellas muchas de las cuales murieron millones de millones de años atrás, eones de nada, la eternidad de la nada. Le entraron unas ansias enormes de masturbarse. Pero entonces no comprendió qué conecta el deseo con el horror.

Magdalena (la vida con Magdalena) le proporcionó una pausa en el tránsito de ese malestar angustioso, y ambos decidieron llamar "amor" al paréntesis compartido entre el horror y la nada. Como también había leído algunos libros a lo largo de los años, ese miércoles de noviembre en que vio como sus tres gotas de sangre se diluían en el esperma blanquecino, se acordó del relato del caballero Perceval, leído décadas atrás.

En el cuento del caballero Perceval (escrito hace unos 800 años) se habla de las tres gotas de sangre roja que vierte en la nieve su contrincante herido, y que se funden con el hielo para trocarse en rosado, como el de las mejillas de la amada. De modo que el caballero se acuerda de ella en ese instante, y de que la dejó esperándole en el pueblo mientras él se marchaba para construirse un porvenir de caballero andante por esos mundos de Dios.

Quizás habría sido mejor leer menos, se dijo Rafael.

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Otra versión de este texto apareció en La Charca Literaria para festejar a San Valentín, patrón de los enamorados.

16 de febr. 2018

Rull y Turull, Dupont y Dupond, Hernández y Fernández

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Cuando era niño vivía en la ciudad de Barcelona y leía las aventuras de Tintin. En esos libros fascinantes, de autor belga pero de expresión francesa, aparecen dos policías bastante zafios y engreídos que, en francés (como en catalán), se llaman Dupont y Dupond y, en versión castellana, Hernández y Fernández. Me esforcé por encontrar lo que diferenciaba a los dos guindillas, que es cosa muy sutil. Digamos, para resumir, que uno de los dos es algo más zoquete que el otro. Esa es la hipótesis humilde que me hice entonces, de niño.

Ya de mayor, descubrí en la prensa a dos tipos convergentes: Rull y Turull. La similitud cómica de sus apellidos me remitió a los Dupond y Dupont de mi infancia des del primer instante. Pero el asunto es que jamás fui capaz de distinguir entre Rull y Turull. Cada vez que aprendía a asociar el apellido con la cara correcta, el aprendizaje se me desvanecía poco más tarde y volvía a mis dudas.

En la ciudad en donde habito ahora (la tercera ciudad de Cataluña en número de habitantes), hay una pastelería que se llama "Pastisseria Turull". Es una pastelería muy cara y muy pija. Sabiendo que el señor Puigdemont desciende de familia pastelera, siempre pensé que el diputado convergente Turull era hijo de esta ciudad (¡vaya inferencia la mía!) y, en consecuencia, dejé de comprar pan integral en la pastelería Turull. No vaya a ser que, con el beneficio que les aporto a los pasteleros Turull, me dije yo, le manden dineritos al prófugo en Bélgica. Eso no me lo perdonaría jamás.

Un día, sin embargo, entré en un supermercado de esta ciudad y me topé con el señor Rull (lacito amarillo in pectore, por supuesto). Así descubrí que mi vecino no es Turull, si no Rull. De modo que mi boicot a la pastelería no tenía objeto.

(Aunque, por si las moscas, no he vuelto jamás a la "Pastisseria Turull").

A Rull, en el supermercado, le comenté algunos asuntos sobre el desastre moral y convivencial que nos legaron los suyos, a todo lo cual él me respondió con un discursito aprendido de memoria, aburrido y ya sabido, con evasivas, sin mirarme a los ojos y con un apretón de manos final perpetrado con una mano fláccida, paliduzca.

Quizás su mano andaba pálida por haber estado unos días en esa prisión en la que, según sus palabras, se come muy mal y dan alimentos flatulentos. Creo que la valoración de Rull sobre su (breve) estancia en una cárcel debería incorporarse al corpus literario de la literatura taleguera, ya que tiene un alto valor simbólico y una profundidad humana digna de elogio en el mundo del arte. El talante flatulento de la dieta carcelaria no había sido comentada jamás hasta hoy por un preso recién excarcelado. Ni la sombra ni la privación ni la disciplina: nada de eso le impresionó al señorito Rull. Solo el mal menú. ¿Cómo debe ser el menú de Can Brians? Le sugiero al señor Rull que se ponga en contacto con el Chef Alberto Chicote: un programa en la tv de nuestro chef disciplinario sobre la cocina del trullo lo petaría. Digo yo que ya tardan en mandar a Chicote a visitar las cocinas carcelarias. Le cedo la idea gratis.

[Debo aportar algo a la anécdota de Rull en el supermercado: mientra yo hablaba con el ex-conseller legítimo, su señora esposa, que le acompañaba, siguió rellenando el carrito y puso en él comidas precocinadas y congeladas que, digo yo, igual también tienen virtudes flatulentas. De ser así, eso ya es cosa de Freud, claro, así que lo dejo ahí. La su señora esposa es concejala de esta ciudad, por cierto. Por Convergència, huelga decirlo. Al final, el asunto catalán es eso: un asunto de familia. Los nuestros. Colocar a los nuestros y que dure la colocación y ya está, fin del cuento, un argumento sencillito].

Después de mi encuentro con el diputado Rull pensé que jamás confundiría a Rull con Turull. Pero...¡me equivoqué!

Una noche soñé con ambos y me lié de nuevo. Es cierto que Turull tiene un aspecto de batracio verde que Rull no tiene, pero Rull también es algo intrigante en su aspecto y, si uno se fija bien, ambos podrían aparecer como extras en una cinta de serie B que adapte "La sombra sobre Innsmouth", uno de los relatos de H.P. Lovecraft que más me gustan.

En el cuento del genio de Providence (que plagió Albert Sánchez Piñol hace casi dos décadas), unos seres anfibios surgen del mar para reclamar lo que creen que es suyo de forma legítima. Y se emparejan con las mujeres del pueblo pescador para crear una legión de híbridos que, andando el tiempo, les darán el poder.

¡Qué grande es Lovecraft!

14 de febr. 2018

Els meus embolics amb la CUP

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Un dia d'aquests, la diputada (o ex-diputada?) Mireia Boya va anar a declarar davant del jutge que investiga els delictes de l'independentisme unilateralista.

[Si m'he de creure algunes fonts periodístiques, la diputada (o ex-diputada) Mireia Boya va ocultar que era propietària d'un hotelet rural a la Vall d'Aran quan va declarar el seu patrimoni en ascendir a diputada regional. Com que em temo que la majoria dels diputats i de les diputades tendeixen a ocultar parts del seu patrimoni, no en farem cabal. Ella sabrà el què es fa, perquè és prou grandeta per saber-ho. Tinc un amic que treballa a la Vall d'Aran i m'explica: que el cognom Boya és molt reconegut en aquella vall. Només cal investigar una mica (n'hi ha prou amb el google) per trobar la resposta. La Catalunya caciquil. La Catalunya eterna].

La diputada o ex-diputada Mireia Boya li va declarar al jutge que a ella li hagués agradat més que la declaració de la república catalana de l'octubre no hagués estat una declaració "fake". La senyora Boya contradiu les declaracions de la senyora Forcadell, del senyor Forn, del senyors Rull i Turull (Dupont i Dupond, en flamenc), del senyor Vila, dels senyors Junqueras i Romeva, de la senyora Bassa i de la senyora Borràs. Tots ells van jurar que la declaració indepe fou una broma, un farol innocent. La declaració davant del jutge de la senyora Boya és un cas especial: en assegurar que la declaració indepe havia de ser efectiva, els ha posat les coses legals encara més xungues als jordis i a la resta, cosa que aquests li deuen estar agraïnt amb gran intensitat i picant de mans. I parlant de mans: la senyora Boya va sortir del jutjat alçant el puny per a la foto (o el selfie), i tant, això que no falti. I, tot seguit, se'n va anar cap a caseta. L'aixella esquerra del carlisme. Un país nou, sí senyora. Novíssim. Tan nou com La Trinca.

Fa uns tres mesos vaig escriure, en aquest blog, un article en què em qüestionava el paper de la Cup en els dos darrers anys de política catalana. I vaig voler destacar un element: que dels tres partits independentistes unilateralistes, un d'ells no tenia ni presos ni exiliats. Sí, en efecte: la Cup ha sortit indemne de la moguda. Chapeau! els vaig felicitar: sou uns genis de la tàctica. Ni Soto del Real ni Estremera: els joves diputades de la Cup campen pels seus feus de la Catalunya profunda i carlista metre alcen punys i punxen rodes d'autocars (però mai rodes de tractor!). Esquerra radical, en diuen, malgrat que aprovessin els pressupostos de Convergència amb vots estrictament trotskistes, és clar. En diuen un país nou. I Déu sap que ho és. Però l'herència del papà que no me la toquin, un pensament profundament català que defineix la versió catalana de Trotsky. Trotsky amb barretina i llacet groc a la solapa, tal com mana Nostro Senyor, el del Virolai Vivent.

El meu article el vaig haver de suprimir i està esborrat. Perquè no estic disposat a sentir insults enlloc d'arguments. I perquè no em ve de gust rebre amenaces com aquesta: "d'aquí a poc tindràs una resposta".

Cal reconèixer que la Cup té uns seguidors i un electorat molt motivat, molt actiu, molt decidit. Però també cal dir que han perdut el 60% del vot i que han quedat al mateix nivell que el Partit Popular. I, no obstant això, encara es mostren tan bel·ligerants com intrèpids. Ardits i xirucaires, a enginyosos minyons no se'ls pot vèncer. Pomells de Joventut, que diria en Josep Maria Folch i Torres des de les pàgines del Patufet. Ho repeteixo: els diputats de la Cup són, en nombre, els mateixos que els del Partit Popular. Si el PP és residual a Catalunya... què és la Cup?

Ningú no està preparat per perdre. Jo tampoc. Si demà perdo la feina culparé vés a saber quins factors externs. Però... faré autocrítica? L'autocrítica, a la Catalunya d'avui, sembla prohibida perquè seria un senyal de debilitat. I quina pena que em fan, les Cup, tan assambleàries elles, i tan ultrademocràtiques, però alhora tan incapaces de comprendre. Han llençat per la borda la possbilitat d'un independentisme d'esquerres (molt difícil de sostenir, tot sigui dit) i s'han lliurat a les mans d'un sobiranisme puigdemonià que, en mans de la senyora Elsa Artadi, els aboca a aplaudir les tesis ultraliberals del senyor de les americanes del pallasso de Micolor que no es descoloreix: un tal senyor Sala i Martín.

Ho sento molt si les senyores i els senyors de la Cup s'ofenen si els dic que han estat covards i tramposos, però no hi puc fer res. Aquest blog me'l pago jo de la butxaca i no em dec a ningú. Aquest blog me'l pago amb una part del salari que surt de treballar en un barri marginal, amb usuaris immigrants i molt pobres o fins i tot miserables. Que ho sàpiguen. I visc en un pis petit. De pocs metres quadrats i sense piscina, i em desplaço per anar a treballar en un Dacia de segona mà, i no sóc el propietari de cap casa rural en una vall bonica.

I em sento tan català com espanyol i no vull tolerar que em facin escollir. Els treballadors pobres no ens podem permetre el luxe d'escollir una pàtria. I això haurien de saber-ho, aquests xicots i aquestes xicotes de la Cup. Si us plau: no m'insulteu més.

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Des de fa uns anys escric en castellà en aquest blog, però avui he fet una excepció.

12 de febr. 2018

Las sombras de El Marmellar



Llegué hasta a El Marmellar tal como se llega a la vida: por casualidad. Y cuando, en realidad, quería encontrar otro lugar.

El Marmellar es un pueblo que quedó abandonado para siempre poco después de la guerra civil. Hoy, la naturaleza se afana en recuperar las calles, las fachadas, el cementerio. En las habitaciones en donde antaño hubo personas comiendo, durmiendo, haciendo el amor, preocupándose por el devenir de sus vástagos, soñando, delirando, filosofando, dormitando, cocinando o sin hacer nada, hoy crecen robustas higueras, madreselvas, enredaderas. La paz de los vegetales volvió a ese lugar.

La iglesia, del siglo XVII, se arruina lentamente. Las iglesias en ruinas nos parecen mucho más fotogénicas que las otras. Me imagino la belleza que le darán, algún día, la ruina y la vegetación al templo horroroso de la Sagrada Familia. El silencio anda por lo que hoy son veredas estrechas y ayer, calles.

Hace algunos años, la policía halló en ese lugar el cuerpo violentado y medio carbonizado de una mujer. El caso no se resolvió jamás. Los periodistas del ramo de lo esotérico hablaron de sectas satánicas, olvidándose de que los satanistas, en el caso de haberlos, nunca han provocado la destrucción que han provocado los partidarios de Dios y son, en realidad, una gente muy pacífica. En las paredes de la iglesia hay alguna pintadas de esta índole, y todas ellas muy pueriles: el número 666 (que también aparece invertido bajo una cruz -999) es la más osada.

Caminando por esas calles antiguas, uno no piensa ni en Dios ni en el diablo. Un viejo reloj de sol del que apenas queda un rastro vago y deslucido cuenta algo sobre la vida y sus afanes, perdidos, sobre el tiempo por el que pasamos mientras pensamos que el tiempo pasa por nosotros. Las nubes se cierran y la niebla asoma por detrás del cerro. Se dirige hacia el pueblo, así que mejor largarse. Ya no somos los chicos románticos y locos que fuimos, los que se hubieran agazapado en el cementerio para recibir la humedad gélida de la niebla, dispuestos a experimentar con lo que haga falta. Ahora, pasados los años, sentimos miedo y nos asalta el duendecillo de la prudencia, porqué algo nos dice que a él le debemos haber llegado hasta aquí, y no al de las aventuras locas. Jamás resolveremos el dilema.

¿Hubiera sido preferible una vida corta pero repleta de intensidad? ¿Es mejor esta, posiblemente algo más larga y más aburrida? La rutina, el tedio, la vida, el trabajo, los hijos, la cuenta corriente. Esa vida no es tan aburrida, al fin y al cabo.

Andando por las calles de El Marmellar, arriba y abajo, uno se encuentra con un montón de fantasmas. Algunos te miran y se desvanecen enseguida. Otros se arriman a tu oreja y te preguntan. Ninguno de ellos da miedo. No más miedo del miedo que da estar vivo, leer la prensa, ver las noticias en la tv. Me parece que son fantasmas respetuosos y prudentes, como nosotros. Diría que a cada uno se le aparecen los fantasmas que se merece. Si lo que tu le das a la vida es lo que la vida te da, parece que funciona igual con la muerte. Creo que alguno de ellos se queja y lamenta que le hayamos perturbado la calma, pero protesta con suavidad y con educación. Los fantasmas de El Marmellar son fantasmas buenos.

Caminar y meter las narices en los pueblos abandonados podría parecer la actividad propia de un ser enfermizo, demasiado melancólico, demasiado ocioso. A mi me parece todo lo contrario. Se lo recomiendo a todo el mundo. Esa es mi forma de estar vivo aquí. Hay un instante de luz después de una eternidad de nada y antes de una eternidad de nada.

A este pueblo abandonado poco después de la guerra civil vienen, hoy, grupos de chavales con sus botellas y sus botellones.




9 de febr. 2018

Días de tristeza y locura en Waterloo

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Napoleón terminó en Waterloo su imperio de los 1000 días. El nombre de esa población contiene el sentido, nada simbólico, de la derrota. Es su lugar, uno de ellos.

No digo nada nuevo si digo que el caso Puigdemont es un caso más relacionado con la  psicología que con la política, pero a mi me atrae la literatura y siempre me han fascinado los personajes perdedores y enloquecidos, y por eso me gustan tanto Don Quijote, el capitán Ahab, Policarpo Quaresma, el Urbain Grandier de Huxley, el Kurtz de Conrad, el Chíchikov de Gógol y un montón de personajes que descienden al infierno, al laberinto de la pendiente hacia abajo o a la nada cuando persiguen una fantasía, una patria imposible, un sueño pueril y mal pertrechado, sin valor para los demás. Lo que me pasa con Puigdemont es que, cada vez que le veo en la tv o leo algunas de sus aportaciones, progresivamente más oscuras y enfebrecidas, se me presenta más como un personaje de la literatura ejemplar que como la persona normal y corriente (y más bien mediocre) que fue.

El curriculum de Puigdemont en su paso por el mundo de la política es algo fulgurante y veloz, como un cometa precipitándose a gran velocidad hacia el suelo en una región remota de la península de Kamchatka, pongamos por caso. Llegó a alcalde Gerona por una extraña carambola jamás bien explicada (aunque Soler Bufí, que lo conoce, insinúa asuntos turbios), y luego fue proclamado presidente de la Generalitat catalana en otro giro más bien rocambolesco y nocturno, con reuniones que terminan de madrugada y coches oficiales zumbando en medio de las tinieblas de un invierno próximo y lejano a la vez.

El hombre que fue nombrado presidente en una noche fría y azarosa reside ahora, apenas dos años más tarde de aquella noche extraña, en Waterloo, paisaje de la última batalla de Napoleón, en un chalecito de buen ver. Y proclama ser el presidente legítimo de una república imaginaria pero que, sin embargo, existe. Esa república me recuerda un poco el cuento de la tetera de Bertrand Russell, pero si me meto por ese camino me voy a pillar los dedos. Su empecinamiento en este extremo también me lleva a pensar en Hiro Onoda, el soldado japonés que se quedó en la trinchera de una isla filipina hasta 1974, año en el que se rindió a la policía local filipina y aceptó, por fin, que los suyos habían perdido la guerra. En el caso de Hiro Onoda concurren factores conocidos por el señor Puigdemont: la solidez de las convicciones, la fe en la victoria última y un sentido metafísico del destino.

La locura de Puigdemont solo tiene una excusa: ese coro de creyentes que le siguen la corriente, personas que, creyendo apoyarle, le están hundiendo: es casi imposible imaginar que uno de sus seguidores decida susurrarle que quizás ha perdido el sentido de la realidad y que, en última instancia, a los humanos nos conviene más mantener la salud mental (y la otra) en vez de sostener repúblicas oníricas.

Leí hace pocos días que Julian Assange está asediado por múltiples problemas de salud, a saber: dental, vertebral y mental. En la nota de prensa y hacia el final, el redactor añadió un detalle. Los trabajadores del consulado de Ecuador en donde Assange lleva clausurado seis años se quejan de la poca higiene del huésped. Ese extremo me dio mucha pena: Assange está muy mal. Y no sería nada improbable que alguien cuente, dentro de poco, que Puigdemont ha visitado a un médico belga (o mejor flamenco) por un problemilla de dolores articulares, migrañas, dificultad para conciliar el sueño o una simple mala digestión.

Puigdemont quiere convertirse en héroe caído, es decir, en el antihéroe de una novela que nos cuenta precisamente el proceso cruel del descenso hacia el horror y luego la nada. Es el mismo periodista gerundense que le conoció en persona, Soler Bufí, quien se lo imagina dentro de unos años dando tumbos por los bares de Bruselas y contando a los clientes incautos y solitarios que él fue, una vez, presidente de una república que no existe.

La literatura catalana acaba de recibir un regalo de la mano del señor Puigdemont, aunque es muy posible que el tema sea desestimado por pudor, por patriotismo o por cobardía. De modo que, al fin, el personaje podría ser tomado por Mendoza, por Marsé o por uno de los muchos grandes escritores catalanes que escriben en castellano, lo cual dará motivos a los escritores que escriben en lengua catalana para continuar soslayando a los buenos, o incluso para avivar el fuego del victimismo de esa cultura pequeña y miope, cada vez más ensimismada, más pequeña y más regocijada en su rol de víctima.

Cosas de Cataluña.

Sea como sea, quiero agradecerle al señor Puigdemont de Waterloo su contribución, impagable, al imaginario de una literatura venidera e inminente. Tanto es así que ha eclipsado la contribución anterior, la del señor Pujol i Soley, aunque Pujol i Soley trabajó en favor del esperpento y del circo, mientras que nuestro hombre en Waterloo lo ha hecho en favor de la novela.

Por fin (¡por fin!) un político catalán ha hecho un gesto para promocionar la narrativa de su país.