4 de des. 2017

Hiro Onoda en la calle de las Tapias

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La Calle de las Tapias de Barcelona en 1959. Foto extraída del blog Tot Barcelona.


Hiro Onoda nació el 19 de marzo de 1922, en Kainan (Wakayama, al sur de Osaka). Hiro Onoda fué soldado en la segunda guerra, y ejerció como oficial de inteligencia. Aunque lo de la inteligencia militar suena casi siempre a broma, la historia del teniente Onoda no es ningún chiste si no la historia de un drama de tintes griegos, una historia clásica, intemporal. Una historia universal.

Hiro falleció en Toquio a los 92, el 16 de enero de 2014.

Las vicisitudes de la guerra llevaron al soldado Onoda hasta Lubang, una isla del Pacífico del archipiélago de las Filipinas. Entre las órdenes que debía cumplir estaba la de no rendirse jamás, bajo ninguna circunstancia. O bien suicidarse. Onoda era un tipo serio, disciplinado, y creía firmemente en su emperador y en el sentido sagrado de la guerra. Aislado en la selva junto a un puñado de hombres, Onoda no se enteró del fin de la contienda.

En su avance hacia el corazón del imperio del Sol Naciente, los marines yanquis dejaron atrás la isla de Lubang con su guarnición atrincherada en la selva, ya que Lubang que no era objetivo de su estrategia. De modo que Onoda siguió en pie de guerra hasta 1974, cuando se rindió, por fin, a las autoridades filipinas. No se suicidó. Quizás con la edad acumulada a lo largo de su extraña guerra sin enemigos a la vista, sin tiros ni asaltos, Onoda comprendió que el suicidio no es una buena opción y la rendición algo menos malo de lo que le dijeron al principio, cuando era un joven recluta del Emperador, el que se hacía llamar Soberano Celestial. Con el paso de los años, uno tiende a pensar que la vida, porqué es frágil, es algo que vale la pena conservar y el emperador, al fin y al cabo, solo un tipo lejano, casi invisible, caprichoso, vanidad envuelta en pellejo humano.

Con el caso de Hiro Onoda se podría escribir algo denso, bonito y verdadero sobre la humanidad, sobre el poder de la mentira, de la estupidez, del engaño y del autoengaño, el peso de la ficción y las grandes palabras, la vacuidad de algunas (patria, honor, deber -por ejemplo). Onoda podría haber dado nombre a un síndrome, a una categoría de la psicología o de la psiquiatría. Desconozco si lo ha hecho. Quizás en Japón. O en las Filipinas.

Hay personas que conservan su anillo de matrimonio en el dedo adecuado hasta muchos años más tarde de haberse divorciado. Hay quien anda por la calle con gesto soberbio y altivo aún siendo un don nadie, hay quien acude al comedor de Cáritas con el traje y la corbata de cuando era un digno apoderado el banco. Hay quien se va para Bruselas vestido de presidente cuando es nada. Hay quien, con intención espuria, oculta el anillo de casado. Hay quién emigra muy lejos y una vez allí jura que fue presidente de un país. Hay quien va por ahí contando que es un poeta reconocido cuando en realidad solo se autoeditó un librito con los poemas de la primera juventud. Todo eso es humano.

Luego están los que aseguran comer cada día por los menos dos veces y una de ellas en un buen restaurante, con estrellas. Y los que no comen pero llevan un buen coche en vez de un Dacia, y los que no se duchan pero se perfuman. Los que cuentan aventuras sexuales estratósfericas con hembras o con hombres de bandera. ¡Ay, las banderas!. Esos también son humanos.

Cuando yo tenía 14 años, me fui un día hasta la calle de las Tapias de Barcelona con un amiguete de BUP. No teníamos ni para pipas, así que nos fuimos hasta allá a patita des del noreste de la ciudad. Estuvimos andando más de una hora. Esó sucedió hacia el final de los setenta. La calle de las Tapias era, todavía, lo que fue antaño. Recuerdo las casitas desvencijadas, los portales sin puertas, cubiertos con damascos ajados, y las prostitutas cuarentonas, cincuentonas, sesentonas, setentonas, exhibiéndose ligeras de ropa y tomando el sol ante las fachadas, sentadas en sus sillitas medio rotas y taburetes de tres patas, como de estudio de pintura. Eso era la Barcelona de entonces en el barrio del Portal de Santa Madrona, cuando todavía estaban allí las ruinas de La Criolla (la de Flor de Otoño) y las de Cal Sacristà, que tal vez fue peor que La Criolla porqué casi nadie musita nada sobre Cal Sacristà.

A día de hoy no queda nada del cabaret La Criolla ni de Cal Sacristá, su hermano oculto. Al cabaret le destruyó una bomba deslizada des de un bombardero italiano Savoia-Marchetti. Esa bomba presagiaba las excavadoras y los planes urbanísticos -plan de remodelación, lo llaman- de un ayuntamiento futuro y socialdemócrata (pero eso es otra historia -o quizás la misma).

Al final de los años setenta, la calle de las Tapias no simulaba ser nada. Era lo que era, con todo su dolor, su miseria y su pena a pleno sol, a la luz del día. Cualquiera se daba cuenta de que ese espectáculo crepuscular y triste no tenía ningún porvenir. Mi amigo y yo lo contemplamos des de un extremo, como quién hoy contempla la jaula de los leones en el zoo: eso era el residuo de un pasado extinto que sobrevivía simulando la vida que se le había escapado como el agua del arroyo de entre los dedos.

Con el paso del tiempo, incluso la nostalgia desfallece. Cuando hoy recuerdo mi excursión a la calle de las Tapias con mi amigo Emilio, nos veo a los dos provistos de escafandras, como buzos o astronautas, viajando a otro mundo. Mi recuerdo contiene ya pocas verdades, más ficción que verdad.

Me lo contó alguien hace pocos días: en la calle de las Tapias hay, a día de hoy, un Hiro Onoda catalán. Me dice que será por culpa de una subvención que le subvenciona su distopía. Me dice: en la calle de las Tapias hay un tipo de me recuerda a Hiro Onoda. Hay un tipo que se niega a aceptar la realidad.
-Onoda no se resistió jamás a ninguna realidad -le reprocho- Onoda disponía de su realidad, como yo dispongo de la mía.

Eso es humano, nada más que humano.

La calle de las Tapias siempre ha albergado algo de tragedia clásica, y ese hombrecito que escribe editoriales como sermones, que cuenta el sexo de los ángeles a diario, que argumenta para negar la realidad que sus ojos saltones obervan, no se ha dado cuenta de que se está convirtiendo en el personaje de una comedia que es vieja y no es tragedia. Hay quien se convierte en viejo sin haber sido clásico. Para ser clásico hay que haber sido moderno, y ese hombrecito es, sencillamente, un antiguo.

Pero a fin de cuentas eso también. Eso también es humano.

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Hiro Onoda en el momento de su rendición a la realidad. Tiene 52 años y el gesto serio. Simula dignidad pero es incapaz de ocultar el dolor y la vergüenza.

1 de des. 2017

Un poeta fracasado en Bucarest

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Nunca estuve en Bucarest.

Cuando viví en Lérida, hace ya algunos años, cerca de mi piso estaba la calle a la que todo el mundo conocía por “la calle de los rumanos”, en donde hay un garito llamado Bucuresti, no sé si con algún acento exótico en una o dos de sus nueve letras.

Más de una vez pensé en meterme en el local, fingiéndome distraído o alelado, y pedir un café, con el objetivo pueril de curiosear, observar un poco y largarme pronto, sin levantar sospechas. Los tipos que entran solos en los bares solo pueden ser policías secretos o poetas fracasados por completo. Pero no, no entré nunca en el Bar Bucuresti.

Cada vez que pasaba ante la puerta terminaba por seguir calle arriba, y continuaba andando hacia un destino que ya no recuerdo. Siempre miraba la cristalera del local, invariablemente repleta de banderas y símbolos patrios para impedir la mirada del curioso y seguía para allá. Las banderas, sean del país que sean, suelen usarse para eso, para ocultar negocios turbios.

Muchas veces, eso si lo recuerdo, bajo el dintel del Bucuresti, había dos o tres tipos de aspecto muy rudo, fumando pitillos. Incluso en invierno (y el invierno de Lérida es rotundo, lo puedo jurar) los tipos del dintel cubrían su torso con tan solo una camiseta, siempre blanca, agarrada a su musculatura solemne, las mangas enrolladas hacia el sobaco para evidenciar unos bíceps de gimnasio con olor a sudor soviético. Cabezas esmeriladas, mandíbulas anchas, ojos grises. Esos tipos no fumaban, en realidad, solo mantenían el cigarrillo encendido en la mano para justificar su presencia allí. (El cigarrillo, según descubrí, siempre era de la marca Winston, y pensé que esa debe ser la forma íntima de vengarse del comunismo que usan los emigrantes de aquéllas zonas del mundo).

La calle de los rumanos, en Lérida, lleva el nombre de un poeta catalán del XIX que ya no aparece ni en los libros de texto de literatura catalana de los bachilleres. Es la calle de los rumanos, tal como dije, y el antiguo compositor de églogas y gozos pastoriles se pierde, arrastrado por el fluir de un Danubio muy lejano pero, sin embargo, capaz de arrastrar hasta la mar a poetas catalanes de la Cataluña interior.

En Al-larida también está la calle del Norte, cerca de la estación de trenes. La calle del Norte es la primera calle completamente habitada por los inmigrantes magrebíes. Tiene su gracia, que sea la calle del Norte la elegida por los moros. Dijeron que se iban para el Norte y dieron con sus huesos en esa ciudad triste, gélida, cerril. Calle del Norte. Ese es el norte adonde llegaron, el remitente de las cartas que mandan a sus parientes de las soleadas laderas del Atlas.

Cada vez que me acuerdo -y no se por que razón- del bar Bucuresti en la ciudad de Lérida, pienso en cuando me disponía a cumplir los 50. Algunos días antes de la efeméride, un conocido me preguntó si iba a celebrarlos de alguna manera especial, porqué parece ser que la mayoría lo hacen así: por una parte está la manía de los números redondos y por otra la creencia en que, haber dado una vuelta más a una bola de lava ardiente montado en una piedra que gira, alocada y ciega, es algo digno de celebrar. Los moros, por ejemplo, no celebran los cumpleaños porqué les parece un acto de vanidad (algo de razón llevan).

A la pregunta sobre la celebración de mis diez lustros, respondí casi sin pensar: “Me iré a dormir a Bucarest”. Aunque, en verdad, lo que pergeñaba era seguir más allá de la ciudad, por el curso del Danubio hasta el delta, y contemplar la desembocadura mientras recitaba (leyéndolas) las frases que escribió Claudio Magris sobre aquel lugar, las frases finales de su libro sobre el río. Esas cosas pasan cuando uno cree que lo mejor de la vida es leer sobre la vida y siente que, limitarse a vivirla, es un acto indigno.

Así que no, nunca estuve en Bucarest. Jamás dormí en aquella ciudad. Aunque he soñado muchas veces que lo hacía, unas despierto y otras dormido. Despierto cuando leo “El burdel de las gitanas” de Mircea Eliade o esa catedral de la literatura que es “Solenoide”, del otro Mircea, Mircea Cartarescu. Su apellido lleva acentos raros pero me da pereza consultarlos cuando hablo de sueños o de recuerdos.

Creo que nunca fui a Bucarest y nunca dormí en esa ciudad porqué algo me dice que, de hacerlo, ya no despertaría jamás. Y a esa posiblidad le tengo miedo, tal como es comprensible, aunque no sepa decir, con exactitud, por qué motivo. Vaya embrollo lo de la repatriación, me digo, morir en Bucarest, vaya mala idea. Eso debe ser un lío burocrático de narices, de adjetivo kafkiano bien empleado. La verdad de mis temores, como siempre, es otra. Pero desde luego que no la voy a contar.

Debería haber tomado un café en el bar Bucuresti de Lérida, eso sí lamento no haberlo hecho. A veces me imagino el interior del bar como un lugar oscuro, maloliente, habitado por traficantes de blancas, de drogas o de armas, antro siniestro y peligroso que aviva la glándula del peligro y dispara la adrenalina. Me imagino, por demás, que en el baño podría haber una puerta que comunica con otra dimensión, herética y soez, abominable, a la que solo me asomo un segundo que me basta, aunque infinitesimal, para intuir una humanidad degenerada, animalizada, reducida a la miseria, la amnesia y el canibalismo, de ojos ciegos por tanto vivir en cavernas profundas, asquerosamente emparentada con cierto tipo de insecto parásito.

Otras veces, sin embargo, me veo profundamente decepcionado al descubrir que el local no contiene el menor atractivo y es vulgar, huele a ambientador de pino salvaje o a limón del Caribe (ambos del Mercadona) y solo alberga a un puñado de hombres muy mayores, inmigrantes de las regiones pobres de Rumanía junto a tristes jubilados locales enzarzados en largos y espesos silencios de nostalgia, de cerveza tibia o de rencor.

Lamento no haber vivido durante unos minutos como un tipo que, en vez de ser un poeta fracasado, simula ser un poeta fracasado.

27 de nov. 2017

El independentismo catalán es algo tan español como los toros

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Nunca sabremos, a ciencia cierta, si Franco dejó a España fuera de la segunda guerra mundial por astucia, por dejadez o muy a pesar suyo. Lo que sí sabemos es que habernos quedado fuera de la contienda lo hemos pagado caro. Y eso se percibe. Se percibe en todo, cada día. Hoy.

Se intuye en los dejes fascistoides enquistados en el Partido Popular, en el autoritarismo latente en muchos políticos e instituciones, se intuye en el independentismo catalán, en Forcadell y en Puigdemont. En Marta Rovira. Se percibe en el folklorismo que vive, feliz y esplendoroso, en cada algarada nacionalista, en esa apelación a las emociones más primarias insertada en nombre de la patria. En la ausencia de racionalidad que ilumina, con luz cegadora, los conceptos patrios, ya sea la patria Cataluña o sea España. "España podría desaparecer", dicen unos. "La esencia catalana está en juego", dicen otros. Dios mío: dime tu lo que es la esencia porqué yo, pobre de mi, no lo comprendo, yo, que todavía dudo si la existencia tiene significado alguno (y yo diría que no).

Dios mío: si la existencia tiene imperativos no deben ser otros que convivir, tolerar y, a ser posible, amar. Pero Dios mío, déjame volver al asunto:

Habiendo salido soslayados e impolutos de la guerra europea, los españoles no hemos aprendido lo que aprendieron en el resto de Europa: que el fascismo (y su padre, el nacionalismo) son el mayor peligro que existe para la vida en paz, el mayor problema para la convivencia. La Unión Europea se construyó como un muro de contención, una prevención ante el auge de los nacionalismos en Europa. Con más o menos acierto, con más o menos gracia y con muchos peros, ese es el origen de la Unión Europea: concebir una herramienta supranacional que sea capaz de ponerle frenos al nacionalismo que destruyó millones de vidas.

Ahí está el dramático error que cometió Puigdemont en su huída a Bruselas: no se puede ir al corazón de Europa con un cuento nacionalista, y mucho menos a pedirle apegos. Pero bueno, quizás debo ir más despacio.

Por el hecho de haber salido impunes de la guerra europea, los ciudadanos de España aprendieron no solo que el fascismo es la opción vencedora, si no que también lo es el nacionalismo. No es ninguna casualidad que el bando franquista se denominase el "bando nacional" (contra el "bando rojo" o el "republicano", ojo al dato) y que, a día de hoy, uno de los medios digitales más recalcitrantes de la cosa independentista se titule "El Nacional". O que la palabra "nacional" esté presente en las reivindicaciones de ambas partes. O que alguien afirmase en Cataluña, hace tan solo un par de años, que era más fácil la independencia unilateral que la reforma federal de España (que equivale a decir: es más fácil la guerra que la paz. ¡Claro! Sobretodo si la sangre de esa guerra la vierten los otros mientras yo me zasco unos vinitos del Ampurdán, tan ricamente).

Hay un consenso muy amplio alrededor del término "nacional". Mi abuelo paterno, el franquista (el materno murió en un campo de refugiados republicanos cerca de Montpélier), hablaba con satisfacción del momento "cuando entraron los nacionales", y hoy escucho muy a menudo hablar de la "dignidad nacional catalana".

Y luego hay más datos, otros datos, aunque esos no son datos europeos. Me lo hizo ver (eso y otros asuntos) Francesc Trillas. Se trata del uso de "Nation" y de "State" (y de "Country") en los EUA, un lugar del mundo en donde la confrontación territorial está prácticamente resuelta y ausente del debate público. (Hay independentistas en Texas -¡en donde iba a ser, si no!- pero son unos tipejos curiosos, ancianos entrañables). Sobra decir que en los EUA también hubo una guerra, y huelga decir que la perdió el bando "nacionalista". Y la ganó el federal, el democrático (con todos los salves y los matices que hagan falta). Así, en los EUA, "Nation" es el conjunto de los "States", una opción terminológica que, digo yo, igual favorecería la implantación del modelo federalista en España como mejor vía para resolver los mal llamados "conflictos territoriales". Lo del nominalismo lo inventaron unos sabios medievales, pero su sabiduría no ha sido atendida jamás en nuestra península (solo Juan Ramón Jiménez dijo algo sobre el nombre y el olor de la rosa, que yo recuerde, ya ves).

A los EUA también se fueron de excursión Puigdemont y Junqueras. Del segundo no puedo decir a qué fue, pero del primero sabemos que fue a pedir adhesiones. Otro error de bulto. Quizás debido a haber leído poco sobre historia.

Lo dicho: solo en un país por el que no pasó la segunda guerra mundial se puede concebir que exista ese deje fascista, ese deje nacionalista. Y, en consecuencia, ese uso malintencionado de la palabra "democracia", que sirve para todo: democracia es el término que jamás hemos aprendido bien, aquí. Democracia no es sacar un voto más que el adversario como argumento para aplastarle, ningunearle y quitarle el derecho a la palabra. Democracia significa consenso, diálogo, participación. ¿Consenso? ¿Qué palabra es esa?. ¿Diálogo? El diálogo es un pecado, eso es lo que nos cuentan. El diálogo parece una expresión de la debilidad, y en eso están de acuerdo Puigdemont, Rajoy, Soraya SS, Marta Rovira (capaz de lloriquear ante tal palabreja). Aquí se entiende por "democracia" algo así como "aplastar en las urnas al enemigo", con un uso de las urnas más parecido al de los obuses que al de la participación ciudadana.

Podríamos hablar, también, de carlismo y de primorriverismo, y de todos los males que en este país reflotan y perviven sin desfallecer jamás, nuestros males mal momificados, nuestros males zombis. Guerra de banderas, desfiles con camisetas unicolores, llamadas al honor patrio, al destino, a la historia debidamente tergiversada, balcones y calles inflamadas de banderas. Claro que es de burros desear una guerra, pero habernos librado de la guerra europea (la guerra de las democracias contra los totalitarismos) tuvo un precio muy elevado, y nos impidió comprender el significado de ambos conceptos: nacionalismo y democracia. El primero pretende enfrentar, dividir y vencer. El otro pretende comprender, convivir, consensuar, pactar, perder. Perder, si, perder sin miedo, perder en el sentido de renunciar a los objetivos máximos: ¿alguien cree que la vida misma no es nada más que algo azaroso y frágil, destinado a ser perdido? El uno pretende dificultar la vida en común -algo ya bastante dificil de por si. El otro, facilitarla. Quizás hay quien necesita el conflicto para existir, para sentir que existe con un propósito. Eso es lo que pensaron los nacionalismos de principios del XX: construir la vida sobre el conflicto, darle sentido a través de la lucha de mi nación contra la otra. Los nacionalismos de Europa comprendieron adonde lleva el enfrentamiento nacional llevado hasta el final. El desastre, el horror, la ruina, la muerte. La nada. Los de España, no: en España venció el nacionalismo y eso es lo que hemos acarreado hasta hoy, lo que todavía tenemos que soportar.

Por eso me sonrío (con dolorosa amargura) cada vez que escucho a alguien, en Cataluña, hablando de hechos diferenciales. ¿Saben ustedes cual es el hecho diferencial catalán? Que somos más españoles que los toros. Somos, todavía, los pobres españolitos a los que una de las dos Españas ha de helarle el corazón (o una de las dos Cataluñas, que es lo mismo). Creo que va siendo hora de dejarnos de esencialismos, de banderas y de proclamas patrióticas. Que alguien me cuente que sacó de bueno, en su vida diaria, a costa del patriotismo de la patria que más le gusta.

Yo voy a seguir, tal como vengo haciendo desde hace años, empadronado en la patria de Moby Dick, del Quijote, de Joseph K, de Fernando Atienza y de Iván Bezdomny. Y de otros muchos sin techo, sin patria. Voy a seguir creyendo en la educación y en la prevención.

Educación y prevención contra el fascismo, contra el nacionalismo, contra el odio, contra las fronteras, contra los esencialismos, contra la ignorancia, contra los totalitarismos, contra las banderas, contra la injusticia, contra la desigualdad...

(Dios mío: ayúdame a acortar la lista, te lo suplico).

22 de nov. 2017

Tenemos que hablar de la Cup

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El título de este texto es la paráfrasis de "Tenemos que hablar de Kevin", libro del cual se hizo una adaptación al cine muy correcta. Si usted conoce el libro (o la cinta) comprenderá mi propuesta.

Pero vamos al asunto.

Dijo David Fernández, hace unos años, cuando era diputado regional, que entre los objetivos programáticos de su organización estaba ese: agobiar a la derecha, estresar a la izquierda. Fernández es un hombre locuaz, multidisciplinar, leído, hecho de muchas capas de lectura. Para unos, un hombre sensible y delicado, para otros un fanfarrón, para otros un político mefistofélico. Yo diría que Fernández no solo se ha leído "El Capital", Althusser, Gramsci, los teóricos de la New Left, Gene Sharp, las obras completas de Maria Mercè Marçal si no también "El príncipe" de Maquiavelo, y mucho, muchísimo más. Bravo por él, bravo de corazón: entre los políticos actuales, la lectura de filosofía y de poesía está ausente. Y se nota. (Para muestra, el botón Rufián).

Pero volvamos al asunto. Dijo David:
nuestro objetivo es: agobiar a la derecha, estresar a la izquierda.
Señoras y señores, hay que sacarse el sombrero cuando pasa David Fernández: objetivos más que cumplidos. Cumplidos con un sobresaliente. Miren ustedes: la izquierda catalana dividida, perdida, naufragada, escindida, dolorosamente escindida, incluso de sí mismos (Espadaler en las listas del PSC). Y si miran a la derecha, el paisaje es escalofriante --de vértigo o de pesadilla, depende del punto de vista: políticos en el talego por culpa del agobio (Hijos del agobio, decía Triana), políticos fugados, el encargado de Photoshop de la web "Govern Legítim" borrando cabezas y más tarde piernas, partidos que antaño fueron amiguetes hoy enfrentados sin piedad (todos reniegan de Junt pel Sí), gritos, acatamientos tardíos, sonoras y agrias discusiones, acusaciones mutuas de traidor, botifler, vendido, cobarde, mentiroso, tu no eres un héroe si no un paria etc.

Lo dicho: agobiar a la diestra, estresar a la siniestra.

Hace poco alguien dijo, refiriéndose al pasmoso fracaso del independentismo en la recta final, que cuando no se tiene estrategia todas las tácticas son malas. Nada más acertado. Ninguno de los partidos de la independencia tenía ninguna estrategia, ningún plan (ni A ni B), ninguna previsión: simulan una proclamación que no lo es y luego estampida. Pero... ¿podemos asegurar que nadie tenía una estrategia bien elaborada? No, por supuesto: la Cup sí la tenía. Tenía una estrategia brillante, por cierto. ¿Hay algún político de la Cup encausado, detenido, imputado por un juez? Ninguno (o ninguna, por usar su terminología). Chapeau. Con tan solo diez escaños han agobiado (agobiado es poco) a la derecha y han estresado (estresado es muy poco) a la izquierda.

La cosa no termina ahí: es de todos conocida la poca sintonía entre la ANC-Òmnium y la Cup. Y al pareado ANC-Òmnium también les han dejado en estado de shock. Los Comités de defensa del referéndum/república (la R sirve para un roto y un recosido) le han arrebatado el protagonismo callejero a los chicos de Forcadell y Sánchez en un plis plas. Decían de la ANC que eran muy buenos organizando pasacalles y grandes movidas, pero los CDR les han dejado al nivel de puro folklore.

Y sin embargo...

Sin embargo, a día de hoy, casi nadie habla de la Cup y ellos, con singular astucia, han optado por un perfil bajo, discreto. Poca presencia mediática, nada de asambleas televisadas, ruido escaso. Han acatado el artículo 155 (implicitamente, como los demás), y en consecuencia se presentan a las elecciones. Se olvidan de Mireia Boya y su propuesta de paella boicoteadora para el día 21 de diciembre. Supongo que alguien le dijo a Boya que proponer una paella (¡precisamente una paella!) era un error: la paella remite con demasiada facilidad a los ágapes de la derechona burguesa en Casa Pilar. A día de hoy, la Cup comunica que sí se presentan a las elecciones que convocó Rajoy.

Hace algunos años me leí las memorias de Juan García Oliver ("El eco de los pasos", excepcional, altamente recomendable para comprender la España del XX y -por lo que veo- la del XXI). A García Oliver le cita, también, David Fernández, y le cita muy a menudo. Vayan a la hemeroteca y vean. Juan García Oliver fue un fenómeno de la naturaleza metido a político, guerrillero, el fundador de la FAI, ministro de Justicia en tiempos de guerra, el tipo que entraba en el despacho del presi Lluís Companys no solo sin llamar si no de un puntapié en la puerta para espetarle: -Oye, Luis, ¿tu quien te has creído que eres?.

Aunque con resultados opuestos (pues García Oliver perdió una guerra y se exilió -ese si se exilió de verdad), García Oliver y la FAI agobiaron a la derecha y estresaron a la izquierda. En su caso, la FAI pagó su posicionamiento con miles de muertos en el frente, en las cárceles y en las cunetas. Hay muchos hombres y mujeres de la FAI, hoy, todavía, en las cunetas de España. La Cup leyó bien al político anarquista de Reus y detectó sus puntos débiles. Para no cometer los mismos errores.

A día de hoy, cuando el independentismo debe (o debería) hacer un ejercicio autocrítico muy severo sobre su enorme colección de errores conceptuales, estratégicos, de análisis de la realidad, solo hay un partido que puede dedicarse a celebrar (seguro que con cervezas de cerveceros artesanos e independientes del Montseny mejor que con el cava de los pijos) su excelente análisis, su brillante estrategia y su exquisita consecución de objetivos. Sin coste político ni personal alguno. Salen de una batalla larga, fea y endiablada sin una sola baja. Y contemplan al enemigo de clase diezmado y ridiculizado (¿ha promovido la Cup algún acto en defensa de Jordi&Jordi? No. ¿Alguno en defensa de Puigdemont o de Junqueras? No. Pregúntense ¿porqué?).

Ese resultado de la contienda no lo consiguió ni Julio César. A Julio, cruzar el Rubicón le costó muchas bajas.

A la Cup solo se le puede afear haber demostrado, por la vía de los hechos, que en España no existe la figura del preso político, que hay una objetiva separación de poderes y que aquí no se encarcela a nadie por sus ideas, ya que, de ser así, Anna Gabriel o el propio David Fernández sufrirían cadena perpétua. Piénsenlo un poco y verán que es así.

Salvando eso, solo se me ocurre decirles a los estrategas y a los ideólogos de la Cup:
recordad que sois mortales.

18 de nov. 2017

La mujer, el soldado y la amante francesa

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A Mercedes le contaron que su marido había huído a Francia, como los demás supervivientes de la 44 División, después de la debacle de noviembre del 38. Alguien que lo sabía se lo dijo:

-Tu marido huyó a Francia, Mercedes.

Se lo soltó así, escueto y a bocajarro, en el mercado semanal. Mercedes estaba comprando patatas. Si de veras eso fue así, sucedió un lunes. En el pueblo, el mercado de la plaza, hoy como antaño, sucede los lunes. En este momento de la historia, Mercedes tiene 27 años, estamos en 1940 y por lo tanto se cumplen dos des de que se casó con el soldado que se marchó por la carretera de Vinebre.

Ofició la ceremonia de la boda un capitán, de pie ante la bandera de la República española y el estandarte de la XV Brigada, que era la suya. Los únicos testigos del casorio fueron soldados, hombres muy jóvenes y la mayoría chavales imberbes con un fusil al hombro.

La noche de bodas fue breve, una instantánea, como un fulgor oscuro en la Vía Láctea, en otoño.

Por la mañana el marido debe ir al frente. Ella, en la madrugada, de pie al final de la calle, saluda con la mano incluso cuando ya no se ve la polvareda más bien escasa que levantó la columna de soldados que se marchó. Mercedes se cubre con una batita azul y gris, unas pantuflas verdes. Piensa que ahora ya es una mujer completa, porqué eso es lo que le dijo su padre sobre las chicas que se transmudan en mujeres tras la noche de bodas.

Y también piensa: ¿era eso, todo? Dios mío ¿eso era todo?

*

La historia, esta historia que te cuento, me la contó un hombre, hace algún tiempo.

El hombre estaba sentado frente a mí.

Otoño de hace dos o tres años. Estamos en el bar del pueblo, te lo digo así porque no hay más bares en ese pueblo del Priorato. El bar de este pueblo es un local amplio y creo que es propiedad del municipio. Hay un patio atrás, un patio enorme con terrazas sucesivas, pero nos hemos quedado en ese interior tan espacioso como desnudo, amarillento, sin más decoración que la enorme pantalla del televisor, al fondo, y por los rincones los ventiladores del bazar chino. En la pantalla hay un partido de fútbol al que, cosa rara, le prestan poca atención los parroquianos. En el patio cae un sol de plomo fundido y solo los fumadores más incorruptibles osan sentarse ahí. Y los marroquíes jóvenes, que soportan mejor que los autóctonos el calor y la explotación a la que les someten sus patronos.

Eso sucedió hace ochenta años, iba diciendo. La 44 División aparece en la conversación varias veces a lo largo de la tarde. De su desbandada tras la derrota en la ribera del Ebro surgen muchas historias y no es que quiera destacar ninguna, pero hoy cuento esta. Cuento esta y no otra porque mientras ese hombre ya tan mayor que tengo sentado enfrente me la cuenta, le descubro un brillo en los ojos que se convierte en lágrimas a medida que desfilan las palabras. Mi interlocutor habla muy bien, me admiro yo en silencio, ese hombre tiene el sentido de la narración metido en el alma.

Y me cuenta: a Mercedes le dijeron que su marido estaba en Francia y que no debía preocuparse: cuando todo se calme, volverá. Eso le dijeron. Volverán todos. Al fin y al cabo él no hizo nada malo ¿verdad? Solo que le tocó combatir en el bando malo. Verás como todo se queda en nada, le dijeron. Esa gente no son bestias, son buenos cristianos y te lo devolverán, ya verás. Eso le prometían. Pero pasó un año sin saberse nada del marido.

Y pasaron dos años, y luego tres años.

Al fin alguien (otro alguien) dijo que el marido de Mercedes no regresaba de Francia porqué se había echado una amante francesa y claro: qué ganas tendría nadie de volver para España si tienes a una francesita encamada.

La noticia de la amante francesa circuló por el pueblo y alguien se encontró en la necesidad de contársela a Mercedes. Parece que tu marido está en Toulouse. Pero podría ser Nîmes, o Marsella, eso no es seguro, vete a saber, él no debe querer que sepas dónde. Eso se lo contaron en la plaza, frente a la iglesia. Eso de lo contaron a Mercedes ante la puerta de la iglesia porqué le habían recomendado que, en ese país renovado, debía acudir a la iglesia por lo menos los domingos. Ella obedeció. Así que eso de la amante se lo debieron contar un domingo. Una amante francesa le retiene en Francia.

Mercedes empezó a imaginarse como podía ser la amante francesa de su marido. Le puso cara. Una cara con el pelo rubio y labios sensuales, algo putones. Piel blanca, un poco rechoncha. A él le gustan las mujeres rubias, blancas de piel y más bien entradas en carnes por lo de las más curvas. Preguntó por nombres de mujer franceses y, de entre los que le sugerían, escogió el de Brigitte. La amante de mi marido se llama Brigitte, se dijo.

Pasaron los años y Mercedes envejeció mientras Brigitte se mantenía tan bella, tan rubia y tan rosada como la primera vez que la vio aparecer en un sueño, cuarenta años atrás. Al cabo de esos cuarenta años, Brigitte seguía siendo tan hermosa -y tan mala, y tan puta- como la primera vez. Así como de su marido podía imaginar como había empeorado por la edad con solo mirar a los de su quinta, de Brigitte nunca percibió ni un solo indicio de merma.

Cuando Mercedes tenía los ochenta y pico cumplidos le llegó la carta. El soldado había aparecido.

Su cadáver es uno de los que están enterrados, pone en la carta, en una fosa común que hemos descubierto. Murió en enero del 39 junto a otros de su División. Tuberculosis, lo más probable, como la mayoría de los soldados que metieron presos en un castillo de Pamplona.

Entonces.... ¿debo entender que mi marido jamás llegó a Francia? se pregunta Mercedes y se lee la carta tres, cuatro, cinco veces seguidas el primer día y otras tantas en los días siguientes y así durante meses, sentada en su butaca del comedor, en la cama, en la taza del váter, apoyada en el alféizar de la ventana.

Al principio, Mercedes se temió que, tras la revelación que contenía la carta, el fantasma de Brigitte la abandonara. Pero no la abandonó, no fue así. Cada noche, como de costumbre, Mercedes y Brigitte se acostaban juntas y hablaban de él, del soldadito español, de la vida en una ciudad francesa de luz bonita, irisada en la madrugada y rosada por las tardes, y de los hijos que tuvo con él, que siempre fue muy bueno con ella porque jamás la pegó ni le soltó una mala palabra, y además un buen padre.

Y buen amante, también, puntualiza Brigitte con un destello pícaro en sus ojos azules y jóvenes para siempre, para siempre.